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Miércoles, 15 Junio 2016 12:55

HALUROS: El Acto de Matar

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La Guerra Fría le dio fusiles a todos. 

Confrontó países, regiones, razas, clases, credos y etnias. Arrojó naciones enteras al fuego del rencor y la discordia. Cegadas siempre, por los infames manipuladores de la opinión pública.

Pero durante este periodo, que comenzó al término de la Segunda Guerra Mundial y finalizó, dicen, con la caída del Muro de Berlín, hubo unos pueblos más heridos que otros. Más agraviados.

En algunas zonas del mundo aún se ven las venas abiertas. Aún no se ha enterrado a los muertos. No se ha llevado a cabo ni el duelo ni el perdón ni la reconciliación histórica.

Uno de esos países es Indonesia.

Es 1965. En un Golpe de Estado, un grupo de generales de derecha, toma el poder en este país del sudeste asiático.

De inmediato y como ocurre en escenas similares en otras partes del planeta, en Indonesia se implementa una política de aniquilación de reales o inventados adversarios.

El proceso es atroz: entre 1965 y 1966, son detenidas, torturadas y asesinadas, más de medio millón de personas. Todas acusadas de ser “comunistas”.

En 2012 se presenta EL ACTO DE MATAR. Se trata de un documental que reconstruye este pasado indonesio, a través de la voz de sus perpetradores.

La cinta, como ninguna otra, es un grito y un silencio al mismo tiempo. 

Los directores, Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, y un tercero que prefiere por seguridad el anonimato, tejen un relato poderoso en su tragedia.

Bordan el absurdo cuadro por cuadro y logran, a través de los testimonios, reventar la realidad de lo que es humano.

EL ACTO DE MATAR cuenta la historia de un grupo de gamberros, que en 1965 se dedican a la reventa de boletos de cine.

Allí, en esta posición, los sorprende El Golpe de Estado. El nuevo gobierno los contrata, les inyecta su doctrina y luego de ello los manda a las calles a cazar a reales o inventados adversarios.

Los testimonios de los asesinos son precisos. Y así, sin más, sin muecas, desde los ojos viejos y agotados, se va recreando la forma de los homicidios.

Se habla de oficinas, alambres, mazos, cuchillos, costales, antorchas, ríos contaminados por la carne descompuesta y silencios, muchos silencios. Muchos otros ojos que han preferido mirar hacia otro lado.

Y mientras lo cuentan, el documental registra, al mismo tiempo, la filmación de una surreal, kitsch y funesta película, en la que los revendedores se interpretan a sí mismos, a sus víctimas y a su pueblo, en aquellos momentos en los que fueron pagados por su gobierno, para llevar a cabo el exterminio.

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